miércoles, 9 de julio de 2008
miércoles, 11 de junio de 2008
martes, 10 de junio de 2008
lunes, 9 de junio de 2008
LOS REGALOS DEL ESPIRITU SANTO
2º DON DE ENTENDIMIENTO: Potencia y cómo que dispara la virtud de la fe. Con él se entienden de manera admirable lo más profundos misterios; se comprende por ejemplo la santidad de la Virgen María; la grandeza de la Santa Misa, y su valor infinito... por medio de ese admirable don se ilumina nuestro entendimiento y nos confiere una fuerza y una eficacia santificadora, tal como la necesita el evangelizador, el que se entrega a la causa estupenda de dar a conocer al mundo a Cristo el Señor, su Vida y su Evangelio; al que deja su vida en los campos de las Misiones.
3º DON DE CIENCIA: Se trata de la ciencia verdadera, de la que viene y va a Dios en directo. Por supuesto que también perfecciona la fe que debemos transmitir a los demás, como el mejor servicio que se le puede prestar a los hombres, de acuerdo con Juan Pablo II. Esta ciencia nos enseña “a juzgar rectamente de las cosas creadas”. El “hermano sol y la hermana luna” se las inventó el corazón de San Francisco de Asís con esta ciencia, que merece la vida entera por conocerla y gustarla. El misionero vive en pleno contacto con la naturaleza y sus maravillas; y todo le ayuda para entender mejor el amor de Dios y explicárselo con fuego a quienes nunca supieron que tenían en los cielos un Padre bondadoso que es puro Amor.
4º DON DE CONSEJO: Gracias, en buena parte, a este regalo del Espíritu los misioneros fueron a parar a territorios que ni sabían dónde quedaban en la geografía de los continentes o países. Allí fueron a dar con sus huesos y con su enorme carga de fe y de amor, guiados, quizá sin saberlo, por el consejo sutil y cierto del Espíritu Santo. Ayuda mucho, pero mucho, a esa virtud tan rara y muy pocas veces tomada en cuenta que es la prudencia, virtud casi desconocida y raras veces empleada en nuestro vivir y en nuestro actuar. Nuestras grandes determinaciones en la vida están o deben estar signadas por el don de Consejo, si es que no queremos fracasar con nuestras propias loqueras o nuestros criterios personales.
5º DON DE PIEDAD: No es expresamente para formar monaguillos piadosos –que tampoco debe ser cosa fácil- sino que con este don, el Espíritu nos hace descubrir a Dios como Padre y quererle con todas nuestras fuerzas; de paso nos estimula a querer a nuestros hermanos, como Teresa de Calcuta quería a los leprosos. Es la vida ordinaria del misionero. Gentes que no conocen de nada ni la entienden en su cultura, ni saben de su idioma, y se fajan, sin embargo, a conocer, amar y ayudar en cuerpo y alma, a pequeños Cristos que se le han cruzado en el camino de su vocación misionera. El don de piedad actúa como un auténtico milagro en el corazón del misionero. (Cuando se habla del misionero, se entiende por igual de la misionera, de la persona consagrada o del laico comprometido. Los dones no tienen género. Son del Espíritu Santo y basta).
6º DON DE FORTALEZA: Se trata de una fuerza del Espíritu Santo que resiste y acomete según la necesidad del momento. Es bueno recordar que la fortaleza es una de las virtudes cardinales ¿Se acuerda usted por dónde anda eso en el catecismo que estudió? Pues aunque no se acuerde nadie, ni lo tome demasiado en serio, el Espíritu Santo, sí; él concede una fuerza y un valor increíble a quienes asiste en los trances más difíciles de la vida. Necesitamos todos urgentemente y casi en cada momento, de esta fuerza única que resiste el mal; el que sacude al mundo y a sus gentes como un huracán y tiende a destruirlo y borrarlo del mapa de la vida.
Resistir el mal y hacer siempre el bien, sin cansarnos como nos enseña San Pablo. Las causas de Dios son empinadas, costosas; exigen muchas veces la vida misma. Por algo la Iglesia creció con la sangre de sus mártires. Pura fortaleza de Dios; don bellísimo y absolutamente necesario en nuestros tiempos.
7º DON DE TEMOR A DIOS: También el temor es necesario; pero es un temor pleno de amor; es un susto justificado de perder la amistad de nuestro Padre Dios y de nuestro Hermano Jesús. Un enamorado tiembla sólo con pensar en que puede perder a su amor; a la persona que es razón de su vida. Se trata de un temor filial, el temor de Dios. Por supuesto que, si al perder al Dios se pierde el cielo donde él habita con sus santos, se puede uno imaginar lo terrible que tiene que ocurrir en el corazón de un misionero, si después de una entrega heroica y sin límites se queda del lado de afuera. San Pablo lo sintió y debió temblar como la hoja en el árbol. Temía que predicando a los demás, él mismo pudiera ser borrado del libro de la vida. El don de temor es sano, muy digno de que lo tomemos en cuenta y de pedírselo al Espíritu Santo junto con los demás dones y regalos que él nos hace.
Es bueno que hablemos del Espíritu Santo; descubramos su presencia en nuestros corazones y agradezcamos el milagro amoroso de revivir dentro de nosotros, con esa suavidad y fortaleza, solo perceptible cuando nos entregamos a El como Abogado nuestro ante el Padre, que no cesa de interceder por nosotros “con gemidos inefables”.
¡VEN ESPIRITU SANTO Y LLENA NUESTROS CORAZONES CON EL FUEGO DE TU AMOR!
PENTECOSTÉS: EL DESCENDIMIENTO DEL ESPÍRITU SANTO

En la Nueva Alianza, el acontecimiento de la Pascua cobra su nuevo significado como la celebración de la victoria de Cristo cumplida con su muerte y resurrección, victoria que cumple el “éxodo” de los seres humanos desde este mundo de pecado, al Reino de Dios. Así también en el Nuevo Testamento, la fiesta de Pentecostés es cumplida y renovada por un nuevo don, el descendimiento del Espíritu Santo sobre los discípulos y sobre la Iglesia.
Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo. (Hechos 2,1-4)
El Espíritu Santo que Cristo había prometido a sus discípulos llegó en el día de Pentecostés. (Juan 14,26; 15,26; Lucas 24,49; Hechos 1,5) Los apóstoles recibieron el “poder de lo alto”, y comenzaron a predicar y atestiguar a Jesús como el Cristo Resucitado, el Rey y el Señor. Tradicionalmente se refiere a este momento como el “cumpleaños” de la Iglesia.
En los oficios litúrgicos de la fiesta de Pentecostés, se celebra la venida del Espíritu Santo junto a la revelación plena de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Se manifiesta la plenitud de la divinidad con la venida del Espíritu Santo a la humanidad, y los himnos de la Iglesia celebran esta manifestación como al acto final de la auto-revelación de Dios al mundo, y el don último que Dios hace al mundo. Por esto, el Domingo de Pentecostés, de acuerdo a la tradición Cristiana Ortodoxa, también se conoce como el Domingo de la Trinidad. En este día el icono de la Santísima Trinidad – particularmente el de las tres figuras angélicas que aparecieron a Abraham, el ancestro de la fe cristiana, -- es colocado en medio del templo. Se utiliza este icono junto al tradicional icono de Pentecostés que demuestra las lenguas de fuego sobre las cabezas de María y los Doce Apóstoles, el prototipo original de la Iglesia, ellos mismos sentados en unidad alrededor de la imagen simbólica del “cosmos”, el mundo.
viernes, 4 de abril de 2008
domingo, 23 de marzo de 2008
SEMANA SANTA
Es un tiempo de oración y de penitencia. Sirve para prepararnos a celebrar los misterios de la Semana Santa, especialmente la Pascua de Resurrección.
Se reviven los cuarenta días que Jesús se retiró al desierto, guiado por el Espíritu. Allí ayunó, oró y sufrió las tentaciones del demonio. (Lc. 4, 1-13)
DOMINGO DE RAMOS
La Semana Santa se inicia con el Domingo de Ramos. Este día se revive la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.
Al atardeder del jueves, Jesús se sentó a la mesa con sus apóstoles para celebrar la Pascua Judía, la acción de gracias a Dios por sacar al pueblo de la esclavitud. Les dijo que deseaba mucho comer esa cena con ellos porque sería la última antes de su Pasión.
Jesús nos amó hasta el extremo de ofrecer su propia vida para liberarnos del pecado y de sus consecuencias.
Cumplió así la voluntad del Padre y la misión que le había encomendado.
El Viernes Santo ayunamos y hacemos penitencia para unirnos espiritualmente al sacrificio redentor de Cristo. En todas las Iglesias se hace la celebración de la Pasión del Señor y no se oficia misa. La iglesia está de duelo por la muerte del Señor.

SABADO SANTO
Jesús permanece todo el sábado en el sepulcro. Resucita al amanecer del domingo. Es un hecho real, histórico, demostrable por la señal del sepulcro vacío.Al amanecer del domingo, María Magdalena fue a visitar el sepulcro. Al llegar vio que la piedra estaba removida y corrió a avisar a los discípulos. Pedro y un compañero fueron a ver que sucedía. Comprobaron que efectivamente, que el sepulcro estaba vacío y regresaron a casa. María se quedó llorando junto a la tumba. Se agacho y vio dos ángeles. Le preguntaron porque lloraba. Les contestó: “Se han llevado al Señor y no se donde lo pusieron”. Se volvió y vio a Jesús; pero no lo reconoció.
Jesús le preguntó por que lloraba y a quién buscaba. Le contestó que buscaba el cuerpo del Señor, Jesús la llamó por su nombre, ella lo reconoció. Luego de recibir un mensaje para los apóstoles, María fue donde ellos y cumplió el encargo del Señor. (Jn. 20, 1-18)

DOMINGO DE RESURRECCIÓN
El domingo, al aclarar, Jesús salió glorioso de la sepultura.
La Resurrección de Cristo es la verdad culminante de nuestra fe. Nos asegura que también nosotros resucitaremos con El a la Vida Eterna.
En la noche del sábado santo, la iglesia celebra la fiesta cumbre del año litúrgico, con una solemne Vigilia Pascual. Es el paso de las tinieblas a la luz, de la muerte de Cristo a la Resurrección.
Culmina la Semana Santa con el domingo, día que celebramos la “Pascua de Resurrección”





